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" I want to be fat" de Cecilia Pavón

Escrito por cronicasdebaile 02-10-2018 en deseo. Comentarios (0)

I WANT TO BE FAT  DE CECILIA PAVÓN

Everybody deserves to be fucked.

Sex in Dallas

SENTIR (CON MAYÚSCULAS) es algo muy complejo que debe diseñarse y llevarse a cabo con delicadeza y rigor. Por eso, mis amigas y yo nos inventamos una droga que nos ayuda a sentir. Cosas nuevas. Y sentir cosas nuevas nos ayuda a cambiar. Nosotras le decimos “agitar”, pero sólo porque teníamos que ponerle un nombre, y ese es el que estaba más a mano, pero no tiene nada que ver con lo que cualquier persona se imagina cuando escucha ese verbo. Es decir, no se relaciona de ningún modo con el concepto de generar disturbios o conflictos en la vía pública. No salimos a la calle a armar lío, se trata más bien de una agitación interna lograda en base a salidas estratégicas hacia el ambiente exterior (que al fin de cuentas está entrelazado cuánticamente con el interior). Lo que queremos es sentir emociones inéditas, y tratamos de hacerlo a través de una “droga de gomaespuma”, si me pidieran que lo resumiera. Aunque, en lo que a mí respecta, no creo que los procesos químicos que tienen lugar en mis neuronas puedan describirse de una manera tan sencilla.

Concretamente, nos disfrazamos de gordas para percibir el mundo desde ese lugar. Cuando sos gorda, ningún hombre quiere seducirte, y esa es una forma de libertad. Todos los viernes, a las nueve, nos juntamos en mi casa. En total somos seis: Marina, Gabriela, Fernanda, Natalia, Carolina y yo. Cuando llegan, yo ya tengo la pizza y el chocolate preparado sobre la mesada, porque comenzamos nuestra excursión consumiendo esos productos –prohibidos- en cantidad. Nos amontonamos en la mesita de la cocina y, mientras cenamos decimos en voz alta nombres de mujer: Ada, Gema, Benita, Luz, Elma, Jacinta, Delmira, Domitilia, Federica, Marión. Nombres originales que nos gustaría tener, aunque sólo por un rato. Porque no deseamos abandonar nuestras identidades para siempre. Apenas por unas horas. (Como tampoco queremos abandonar nuestros cuerpos definitivamente: unas pocas horas alcanzan para cambiar).

Cuando terminamos de cenar nos vamos a mi cuarto y nos desvestimos. Todas son muy ordenadas y doblan la ropa sobre las sillas que yo dispongo alrededor de la cama. Cada silla tiene un rótulo con un nombre. De esa forma, cuando volvemos, eufóricas y con la conciencia alterada, podemos reconocer fácilmente quiénes éramos y qué ropa traíamos antes de salir.

Después saco una caja de plástico llena de planchas de goma espuma y tijeras, y nos ponemos a trabajar. Cortamos rectángulos y círculos de ese material, que nos atamos con hilo transparente alrededor de los brazos, las piernas, el cuello y el tronco, tratando de que no quede ninguna superficie de verdadera piel expuesta al mundo. Saturamos nuestros cuerpos de gomaespuma hasta transformarnos en personas verdaderamente grandes. Seres ampulosos y acolchados. Una vez enormes, pintamos el material que nos envuelve con témperas de color rosado, y finalmente nos vestimos. Preferimos la ropa de colores fuertes para llamar más la atención, y porque en las revistas femeninas siempre escriben artículos en contra de la ropa de colores estridentes que, al parecer, engorda. (En general, nuestro lema es hacer lo contrario de lo que dicen las revistas femeninas).

Cerca de las doce, salimos a la calle con nuestros nuevos cuerpos y nuestra nueva personalidad. Nos tomamos un taxi y nos vamos a vagar por la noche. Entramos a restaurants, bares, librerías, discotecas, y cualquier espacio que nos llame la atención. Nos sentamos en los bancos de concreto de las plazas, una al lado de la otra, rozando nuestras caderas esponjosas, y nos abrazamos para quedar como una sola masa de carne, o un tren. O bailamos ondulantes extendiéndonos en la pista bajo las luces estroboscópicas.

Durante horas nos sentimos gordas en la ciudad. No simplemente gordas encerradas en nuestros departamentos, sino gordas transitando por las calles aristocráticas y luminosas de los barrios acomodados. Porque a esos barrios es a donde más nos gusta ir. Allí, todas las mujeres son flacas y se visten con colores apagados: marrón, negro, azul marino, verde musgo, gris…Y la droga de la gordura es mucho más efectiva cuando se experimenta potenciada por el contraste. Al irrumpir en esos paisajes nos sentimos verdaderas freaks.

Y les digo: no hay droga más poderosa que la mirada del prójimo cuando te eleva al lugar vanguardista del freak. Nadie sabe realmente nada de la vida hasta que no se ha sentido en algún momento, por alguna circunstancia, un freak. Que te miren de esa manera genera más adrenalina que hacer jumping desde un puente, o que tomarse ua pastilla de éxtasis y bailar toda la noche en una rave. Y una vez que lo has experimentado es muy difícil parar. Estamos seguras de que cuando envejezcamos, vamos a querer ser como esas señoras que se tiñen el pelo una vez por semana y lo tienen extremadamente seco, pero rubio, de un rubio veteado y de mal gusto; se maquillan mal delineándose exageradamente los labios y usan pantalón de jogging con tacos, pulóveres muy gastados pero con lentejuelas y anteojos de sol con el marco color violeta. Esas ancianas que uno ve en el colectivo y dice: “A los sesenta, yo quiero verme exactamente así”. Pero ahora a los treinta, sólo nos queda la opción de ser gordas.

Cuando ya hemos tenido suficiente, alrededor de las cuatro o cinco, exhaustas, tomamos un taxi de vuelta. Durante el viaje, tratamos de poner en palabras lo que acabamos de sentir. Sacamos unas libretas y anotamos rápidamente nuestras impresiones (como hacía Baudelaire con el hachís). Después, durante la semana las redactamos correctamente y nos las mandamos por mail. El año que viene queremos publicar un pequeño volumen que sirva de protocolo para los que quieran sentir lo mismo que nosotras. El mundo está cambiando y este es el momento de inventar nuevas experiencias. La gente ya conoce las drogas disponibles en el mercado, y necesita encontrar otras nuevas. Porque lo importante es cambiar, y las drogas son lo único que te ayudan a cambiar. 


"FELICIDAD CLANDESTINA" de Clarice Lispector

Escrito por cronicasdebaile 02-10-2018 en felicidad. Comentarios (0)

Ella era gorda, baja, pecosa y de cabellos excesivamente crespos, casi amarillentos. Tenía un busto  enorme, mientras que todas nosotras todavía éramos chatas. Por si eso fuera poco, llenaba los  dos bolsillos de la blusa, por encima del busto, con caramelos. Pero tenía lo que a cualquier niña devoradora de historias le gustaría tener: un padre dueño de una librería.

No lo aprovechaba mucho. Y nosotras todavía menos: incluso para su cumpleaños, en vez de por lo menos un  librito barato, nos entregaba una postal de la tienda del padre. Para colmo era siempre un paisaje de Recife, la ciudad donde vivíamos, con sus puentes más que vistos. Detrás, escribía con letra elaboradísima palabras como “aniversario” y “recuerdos”.

Pero qué talento tenía para la crueldad. Toda ella era pura venganza, chupando ruidosamente los caramelos. Cómo nos debía odiar esa niña, nosotras que éramos imperdonablemente lindas, espigadas, altas, de cabellos libres. Conmigo ejerció su sadismo con serena ferocidad. En mis ansias de leer, no me daba cuenta de las humillaciones a las que me sometía: seguía implorándole prestados los libros que ella no leía.

Hasta que le llegó el magno día de empezar a ejercer sobre mí una tortura china. Como al pasar, me informó que tenía Las Travesuras de Naricita, de Monteiro Lobato.

Era un libro gordo, era un libro para vivir con él, para comerlo, para dormir con él. Y totalmente por encima de mis posibilidades. Me dijo que si pasaba por su casa al día siguiente, me lo prestaría.

Hasta el día siguiente, de la alegría, me transformé en la esperanza misma: no vivía, nadaba lentamente en un mar suave, las olas me llevaban y me traían.

Al día siguiente fui a su casa, literalmente corriendo. Ella no vivía en una casa de altos como yo, sino en una casa. No me invitó a pasar. Mirándome a los ojos, me dijo que le había prestado el libro a otra niña y que regresara a buscarlo al día siguiente. Boquiabierta, salí despacio, pero enseguida tuve un arrebato de esperanza y volví a andar por la calle a los saltos, que era mi extraño modo de andar por las calles de Recife. Esa vez no me caí: me guiaba la promesa del libro, al día siguiente llegaría, los días siguientes serían luego mi vida entera, el amor por el mundo me esperaba, anduve saltando por las calles como siempre y no me caí ni una sola vez.

Pero el asunto no terminó allí. El plan secreto de la hija del librero era tranquilo y diabólico. Al día siguiente, allá estaba yo en la puerta de su casa, con una sonrisa y el corazón latiendo fuerte. Para escuchar la tranquila respuesta: que el libro todavía no estaba en su poder, que volviera al día siguiente. Entonces yo no sabía que más tarde, en el transcurso de la vida, aquel drama del “día  siguiente” con ella se repetiría, con mi corazón latiendo fuerte.

Y continuó así. ¿Cuánto tiempo? No lo sé. Ella sabía que era un tiempo indefinido, mientras no eliminara toda la hiel de su gordo cuerpo. Yo ya empezaba a adivinar que me había elegido para hacerme sufrir; a veces adivino. Pero, aun adivinando, a veces acepto: como si el que quiere hacerme sufrir necesitara desesperadamente que yo sufra.

¿Cuánto tiempo? Yo iba todos los días a su casa, sin faltar uno solo. A veces me decía: tuve el libro ayer a la tarde, pero viniste a la mañana, de modo que se lo presté a otra niña. Y yo, que no era propensa a las ojeras, las sentía hundirse bajo mis ojos espantados.

Hasta que un día, cuando estaba en la puerta de su casa oyendo, humilde y silenciosa, su negativa, apareció su madre. Debía resultarle extraña la aparición muda y cotidiana de aquella niña en la puerta de su casa. Nos pidió explicaciones a las dos. Hubo una confusión silenciosa, entrecortada, de palabras poco esclarecedoras. A la señora le parecía cada vez más extraño el hecho de no entender qué pasaba. Hasta que esa buena madre entendió. Se volvió hacia la hija y con enorme sorpresa exclamó: “¡pero si ese libro nunca salió de esta casa y tú ni siquiera quisiste leerlo!”.

Y lo peor para esa mujer no era descubrir lo que ocurría.Debía ser descubrir, con horror, qué clase de hija tenía.Ella nos espiaba en silencio: la potencia de perversidad de su hija desconocida y la niña rubia parada en la puerta, exhausta, al viento de las calles de Recife. Fue entonces que, recomponiéndose por fin, le dijo firme y calma a su hija: “vas a prestarle el libro ahora mismo”. Y a mí: “y tú vas a quedártelo todo el tiempo que quieras”. ¿Se dan cuenta? Eso valía mucho más que darme el libro: “por el tiempo que yo quisiera” es todo lo que una persona, grande o pequeña, puede tener la osadía de querer.

¿Cómo contar lo que ocurrió después? Yo estaba aturdida, y así recibí el libro en mis manos. Creo que no dije nada. Tomé el libro. No, no salí saltando como siempre. Salí caminando bien despacio. Sé que sostenía el libro gordo con las dos manos, apretándolo contra el pecho. Cuánto tiempo tardé en llegar a casa, poco importa. Mi pecho estaba caliente, mi corazón pensativo.

Cuando llegué a casa no me puse a leer. Fingía que no tenía el libro, sólo para después tener el sobresalto de tenerlo. Horas después lo abrí, leí algunas frases maravillosas, lo cerré de nuevo, me puse a dar vueltas por la casa, demoré todavía más yendo a comer pan con manteca, fingía que no sabía dónde había guardado el libro, lo encontraba, lo abría durante unos segundos. Creaba las más falsas dificultades para aquella cosa clandestina que era la felicidad. La felicidad siempre iba a ser clandestina para mí. Parece que ya lo presentía. ¡Cuánto tardé! Vivía en el aire… Había orgullo y pudor en mí. Yo era una reina delicada.

A veces me sentaba en la hamaca, meciéndome con el libro abierto en el regazo, sin tocarlo, en un éxtasis purísimo.

Ya no era una niña con un libro: era una mujer con su amante.

Clarice Lispector


"Imposible escribir como un gato" de Bejerman

Escrito por cronicasdebaile 02-10-2018 en imposible. Comentarios (0)

Quisiera escribir como Felipe, el gato que me eligió. Quisiera escribir de la misma forma en que se mueve, en que percibe las cosas, el mundo. Pero, ¿qué será el mundo para él? La historia de su llegada es muy linda. Yo me había separado definitivamente de un amor intenso, enfermo y desesperado. Recibí el último shock, el último dolor que ese supuesto “amor” podía darme. Y entonces decidí que iba a tener un animal: un gato. A la semana de esa decisión escuché un maullido en la puerta de mi departamento. Abrí y estaba él, que entró lo más campante. Estaba cascoteado, le faltaban unos pedacitos de oreja y tenía huecos de pelo en la pata. No me gustó, no fue “amor a primera vista”. Es más, le cerré la puerta en la cara. Lo escuché insistir del otro lado, hasta que se alejó. Entonces recordé que hacía poco, al volver de vacaciones, había encontrado huellas de gato en el sillón blanco, y una noche una gata gorda salió del ropero, donde había planeado tener cría. Yo cerré la ventana por la que había salido, llovía a cántaros... Ahora me sentía culpable. No podía negarle alojamiento por segunda vez a alguien de su especie. Entonces dije en voz alta: “Si querés, volvé”. Era una promesa, porque en caso de que lo hiciera, yo iba a adoptarlo. Al ratito lo escuché: miau, miau... No sé cómo me vino el nombre cuando hablaba por teléfono con mi mamá para contarle de su llegada, “¿y cómo le pongo, Felipe?”

Mis amigos dicen que es gato-perro. Me viene a recibir cuando llego y también recibe y despide a los participantes de los talleres. Es más, cuando se va haciendo la hora de terminar la clase, se despereza en su almohadón como diciendo: chicos, vayan yendo...

En este momento está acostado con las patas para arriba haciendo lo que un amigo denomina: “mostrar el peluche”. Me acuerdo que dijo: “Qué lindo es cuando te muestran el peluche”; empecé a considerarlo un amigo más inteligente a partir de esa apreciación. (...) Piensan que es hembra porque tiene collar rosa. Se detienen a hacerle unos mimos que él acepta con más facilidad estando en la calle que en su domicilio, mi departamento. ¿Por qué será? Sentirá que él decide con más libertad, que elige recibir esos mimos de manos desconocidas, de gente que pronto desaparecerá y que no va a intentar agarrarlo para prolongar el mimo más allá de su deseo.


otro cuento para video

Escrito por cronicasdebaile 04-09-2018 en cuento. Comentarios (0)

Continuidad de los parques

[Cuento - Texto completo.]

Julio Cortázar


Había empezado a leer la novela unos días antes. La abandonó por negocios urgentes, volvió a abrirla cuando regresaba en tren a la finca; se dejaba interesar lentamente por la trama, por el dibujo de los personajes. Esa tarde, después de escribir una carta a su apoderado y discutir con el mayordomo una cuestión de aparcerías, volvió al libro en la tranquilidad del estudio que miraba hacia el parque de los robles. Arrellanado en su sillón favorito, de espaldas a la puerta que lo hubiera molestado como una irritante posibilidad de intrusiones, dejó que su mano izquierda acariciara una y otra vez el terciopelo verde y se puso a leer los últimos capítulos. Su memoria retenía sin esfuerzo los nombres y las imágenes de los protagonistas; la ilusión novelesca lo ganó casi en seguida. Gozaba del placer casi perverso de irse desgajando línea a línea de lo que lo rodeaba, y sentir a la vez que su cabeza descansaba cómodamente en el terciopelo del alto respaldo, que los cigarrillos seguían al alcance de la mano, que más allá de los ventanales danzaba el aire del atardecer bajo los robles. Palabra a palabra, absorbido por la sórdida disyuntiva de los héroes, dejándose ir hacia las imágenes que se concertaban y adquirían color y movimiento, fue testigo del último encuentro en la cabaña del monte. Primero entraba la mujer, recelosa; ahora llegaba el amante, lastimada la cara por el chicotazo de una rama. Admirablemente restañaba ella la sangre con sus besos, pero él rechazaba las caricias, no había venido para repetir las ceremonias de una pasión secreta, protegida por un mundo de hojas secas y senderos furtivos. El puñal se entibiaba contra su pecho, y debajo latía la libertad agazapada. Un diálogo anhelante corría por las páginas como un arroyo de serpientes, y se sentía que todo estaba decidido desde siempre. Hasta esas caricias que enredaban el cuerpo del amante como queriendo retenerlo y disuadirlo, dibujaban abominablemente la figura de otro cuerpo que era necesario destruir. Nada había sido olvidado: coartadas, azares, posibles errores. A partir de esa hora cada instante tenía su empleo minuciosamente atribuido. El doble repaso despiadado se interrumpía apenas para que una mano acariciara una mejilla. Empezaba a anochecer.

Sin mirarse ya, atados rígidamente a la tarea que los esperaba, se separaron en la puerta de la cabaña. Ella debía seguir por la senda que iba al norte. Desde la senda opuesta él se volvió un instante para verla correr con el pelo suelto. Corrió a su vez, parapetándose en los árboles y los setos, hasta distinguir en la bruma malva del crepúsculo la alameda que llevaba a la casa. Los perros no debían ladrar, y no ladraron. El mayordomo no estaría a esa hora, y no estaba. Subió los tres peldaños del porche y entró. Desde la sangre galopando en sus oídos le llegaban las palabras de la mujer: primero una sala azul, después una galería, una escalera alfombrada. En lo alto, dos puertas. Nadie en la primera habitación, nadie en la segunda. La puerta del salón, y entonces el puñal en la mano, la luz de los ventanales, el alto respaldo de un sillón de terciopelo verde, la cabeza del hombre en el sillón leyendo una novela.

FIN


cuento cuento

Escrito por cronicasdebaile 29-08-2018 en yes. Comentarios (0)

El desentierro de la angelita

 Por Mariana Enriquez

El cuento por su autor

“El desentierro de la angelita” viene de algunos pocos recuerdos obsesivos, esos recuerdos-murmullo que, de tanto pensarlos, dejan de parecerse a lo que realmente pasó. Mi abuela tuvo una hermana que murió antes de cumplir dos años y que fue enterrada en el fondo de su casa. Esa niña muerta en el patio me daba miedo. Si mi abuela contaba que la niña lloraba de noche, bajo la tierra, no lo sé, al menos no lo sé con certeza; recuerdo que lo contaba, pero dudo de que el recuerdo sea cierto. Esa niña nunca fue velada como angelita, eso es seguro.

A mí me gustaba cavar en el pequeño cuadrado de tierra del fondo de mi casa en Lanús: encontraba vidrios y dados y huesos, sobre todo muchos huesos de pollo –al menos eso me decían–. Es posible que haya desenterrado a una vieja mascota de la familia o los huesos de los animales de mi abuelo, que improvisaba zoológicos (llegó a tener un venado y un pavo real en la casa). De todos los hallazgos, el que más recuerdo es una piedra negra parecida a un escarabajo que tenía una cara tallada y conservé mucho tiempo. No sé cuándo la perdí.

Las excavaciones y la niña muerta se unieron para este cuento que escribí como si me lo dictaran. No me gusta leer prosa en voz alta –ni escuchar leer, para el caso–, pero cuando alguien me pide que lo haga y yo accedo por buena educación, suelo elegir este cuento, porque hace reír a la gente. Me dicen que tiene humor negro, pero yo creo que se ríen de nerviosos. También es el favorito de los adolescentes, por eso confío en él. Cuando lo escribí no me sentí ensañada, pero ahora me doy cuenta de que el relato guarda una sonrisa cruel. Es uno de los pocos cuentos de fantasmas que haya escrito, y Angelita es un fantasma bastante atípico, que se esconde muy poco –un fantasma gore–.

Supongo que “El desentierro de la angelita” es un cuento sobre los fantasmas familiares y los muertos sin tumba y los restos humanos sin nombre. Pero también es un homenaje a los niños fantasma que alguna vez me asustaron: Catherine Earn-shaw y su mano helada en Cumbres borrascosas, Toshio con su boca abierta en la película Ju-On, los niños que se esconden bajo la capa del Fantasma de las Navidades Presentes de Dickens (Ignorancia y Necesidad creo que se llaman, “Ignorance” y “Want”), Tomás, el niño de la máscara que oculta un rostro deforme en El orfanato de J. A. Bayona y el terrible Gage de Cementerio de animales, de Stephen King, rey de los niños muertos.


A mi abuela no le gustaba la lluvia y antes de que cayeran las primeras gotas, cuando el cielo se oscurecía, salía al patio del fondo con botellas y las enterraba hasta la mitad, todo el pico bajo tierra. Yo la seguía y le preguntaba abuela por qué no te gusta la lluvia por qué no te gusta. Pero ella, nada, evasiva, con la palita en la mano, frunciendo la nariz para oler la humedad en el aire. Si finalmente llovía, fuera garúa o tormenta, cerraba puertas y ventanas y subía el volumen del televisor hasta tapar el ruido de las gotas y el viento –el techo de su casa era de chapa–, y si el aguacero coincidía con su serie favorita, Combate, no había quien pudiera sacarle una palabra porque estaba perdidamente enamorada de Vic Morrow.

Yo adoraba la lluvia porque ablandaba la tierra seca y permitía que se desatara mi manía excavatoria. ¡Qué de pozos! Usaba la misma pala que la abuela, una muy chica, del tamaño que usaría un niño para jugar en la playa, pero de metal y madera, no de plástico. La tierra del fondo albergaba pedacitos de botellas de vidrio color verde, con los bordes tan lisos que ya no cortaban; piedras suaves que parecían cantos rodados o pequeñas rocas de playa, ¿por qué estarían en el fondo de mi casa? Alguien debía haberlas sepultado. Una vez encontré una piedra ovalada, del tamaño y color de una cucaracha pero sin patas ni antenas. De un lado era lisa, del otro unas muescas formaban los claros rasgos de una cara sonriente. Se la mostré a mi papá, enloquecida porque creía encontrarme ante una reliquia, y me dijo que las marcas formaban un rostro de casualidad. Mi papá nunca se entusiasmaba. También encontré dados negros, con los puntos blancos ya casi invisibles. Encontré restos de vidrios esmerilados verde manzana y turquesa. Mi abuela se acordó de que habían sido parte de una puerta vieja. También jugaba con lombrices y las cortaba en pedacitos bien chiquitos. No me divertía ver el cuerpo dividido retorciéndose un poco para al final seguir adelante. Me parecía que si picaba bien a la lombriz, como a una cebolla, sin dejar contacto alguno entre los anillos, no iba a poder reconstruirse. Nunca me gustaron los bichos.

Encontré los huesos después de una tormenta que convirtió al cuadrado de tierra del fondo en una piscina de barro. Los guardé en el balde que usaba para llevar los tesoros hasta la pileta del patio, donde los lavaba. Se los mostré a papá. Dijo que eran huesos de pollo, o a lo mejor de bifes de lomo, o de alguna mascota muerta que debían haber enterrado hacía mucho. Perros o gatos. Insistía con lo de los pollos porque antes, en el fondo, cuando él era chico, mi abuela tenía un gallinero.

Parecía una explicación posible hasta que mi abuela se enteró de los huesitos y empezó a arrancarse los pelos y a gritar; la angelita la angelita. Pero el escándalo no duró mucho bajo la mirada de papá: él admitía las “supersticiones” (así las llamaba) de la abuela siempre y cuando no se desbordara. Ella le conocía el gesto de desaprobación y se tranquilizó a la fuerza. Me pidió los huesitos y se los di. Después me pidió que me fuera a la habitación a dormir. Yo me enojé un poco porque no entendía la causa de la penitencia.

Pero más tarde, esa misma noche, me llamó y me contó todo. Era la hermana número diez u once, mi abuela no estaba demasiado segura, en aquel entonces no se les prestaba tanta atención a los chicos. Se había muerto a los pocos meses de nacida, entre fiebres y diarrea. Como era angelita, la sentaron sobre una mesa adornada con flores, envuelta en un trapo rosa, apoyada en un almohadón. Le hicieron alitas de cartón para que subiera al cielo más rápido, y no le llenaron la boca de pétalos de flores rojas porque a la mamá, mi bisabuela, le impresionaba, le parecía sangre. Hubo baile y canto toda la noche, y hasta hubo que echar a un tío borracho y reanimar a mi bisabuela, que se desmayó por el llanto y el calor. Una rezadora india cantó trisagios, y lo único que les cobró fue unas empanadas.

–¿Eso fue acá, abuela?

–No, en Salavina, en Santiago. ¡Hacía un calor!

–Entonces no son los huesos de la nena, si se murió allá.

–Sí que son. Yo me los traje cuando vinimos para acá. No la quise dejar porque lloraba todas las noches, pobrecita. Si lloraba con nosotros cerquita, en la casa, ¡lo que iba a llorar sola, abandonada! Así que me la traje. Ya era huesitos nomás, la puse en una bolsa y la enterré acá en los fondos. Ni tu abuelo sabía. Ni tu bisabuela, nadie. Es que nomás yo la escuchaba llorar. Tu bisabuelo también, pero se hacía el tonto.

–¿Y acá llora la nena?

–Cuando llueve, nomás.

Después le pregunté a mi papá si la historia de la nena angelita era cierta, y él dijo que la abuela ya estaba muy grande y desvariaba. Muy convencido no parecía, o a lo mejor le resultaba incómoda la conversación. Después la abuela se murió, la casa se vendió, yo me fui a vivir sola sin marido ni hijos; mi papá se quedó con un departamento de Balvanera, y me olvidé de la angelita.

Hasta que apareció al lado de la cama, en mi departamento, diez años después, llorando, una noche de torm.

La angelita no parece un fantasma. Ni flota ni está pálida ni lleva vestido blanco. Está a medio pudrir y no habla. La primera vez que apareció creí que soñaba y traté de despertarme de la pesadilla; cuando no pude y empecé a entender que era real grité y lloré y me tapé con las sábanas, los ojos cerrados fuerte y las manos tapando los oídos para no escucharla –porque en ese momento no sabía que era muda–. Pero cuando salí de ahí abajo, unas cuantas horas después, la angelita seguía ahí con los restos de una manta vieja puesta sobre los hombros como un poncho. Señalaba con el dedo hacia afuera, hacia la ventana y la calle, y así me di cuenta de que era de día. Es raro ver un muerto de día. Le pregunté qué quería, pero como respuesta siguió señalando como en una película de terror.

Me levanté y salí corriendo hacia la cocina, a buscar los guantes que usaba para lavar los platos. La angelita me siguió. Apenas una primera muestra de su personalidad demandante. No me amedrentó. Con los guantes puestos la agarré del cogotito y apreté. No es muy coherente intentar ahorcar a un muerto, pero no se puede estar desesperado y ser razonable al mismo tiempo. No le provoqué ni una tos, nada más yo quedé con restos de carne en descomposición entre los dedos enguantados y a ella le quedó la tráquea a la vista.

Hasta ese momento no sabía que se trataba de Angelita, la hermana de mi abuela. Seguía cerrando los ojos bien fuerte a ver si ella desaparecía o yo me despertaba. Como no funcionaba le caminé alrededor y vi, en la espalda, colgando de los restos amarillentos de lo que ahora sé era la mortaja rosa, dos rudimentarias alitas de cartón con plumas de gallina pegoteadas. En tantos años tendrían que haber desaparecido, pensé y después me reí un poco histérica y me dije que tenía un bebé muerto en la cocina, que era mi tía abuela y que caminaba, aunque por el tamaño debía haber vivido apenas unos tres meses. Tenía que dejar definitivamente de pensar en términos de qué era posible y qué no.

Le pregunté si era mi tía abuela Angelita –como no habían hecho tiempo de anotarla con un nombre legal, eran otros tiempos, la llamaron siempre por ese nombre genérico–; así descubrí que no hablaba pero contestaba moviendo la cabeza. Entonces mi abuela decía la verdad, pensé, no eran del gallinero, eran los huesitos de su hermana los que desenterré cuando era chica.

Lo que quería Angelita era un misterio, porque más que mover la cabeza afirmativa o negativamente no hacía. Pero algo quería con suma urgencia, porque no sólo seguía señalando, sino que no me dejaba en paz. Me seguía por toda la casa. Me esperaba atrás de la cortina del baño cuando tomaba una ducha; se sentaba en el bidet cuando yo hacía pis o caca; se paraba al lado de la heladera cuando lavaba los platos y se sentaba al lado de la silla cuando yo trabajaba con la computadora.

Seguí haciendo mi vida normal durante la primera semana. Creía que a lo mejor se trataba de un pico de estrés con alucinación, y que se iría. Me pedí unos días en el trabajo, tomé pastillas para dormir. La angelita seguía ahí, esperando al lado de la cama a que me despertara. Algunos amigos me visitaron. Al principio no quise atender los mensajes ni abrirles la puerta pero, para no preocuparlos más, accedí a verlos aduciendo agotamiento mental. Ellos comprendieron, estuviste trabajando como una negra, me decían. Ninguno vio a la angelita. La primera vez que me visitó mi amiga Marina metí a la angelita en el placard, pero para mi terror y disgusto, se escapó y se sentó en el brazo del sillón, con esa fea cara podrida verdegrís. Marina ni se dio cuenta.

Poco después saqué a la angelita a la calle. Nada. Salvo ese señor que la miró de pasada y después se dio vuelta y la volvió a mirar y se le descompuso la cara, le debe haber bajado la presión; o la señora que directamente salió corriendo y casi la atropella el 45 en la calle Chacabuco. Alguna gente tenía que verla, eso me lo imaginaba, seguramente no mucha. Para evitarles el mal momento, cuando salíamos juntas –mejor dicho, cuando ella me seguía y a mí no me quedaba otra que dejarme acompañar– lo hacía con una especie de mochila para cargarla (es feo verla caminar, es tan chiquita, es antinatural). También le compré una venda tipo máscara para la cara, de las que se usan para tapar cicatrices de quemaduras. La gente ahora cuando la ve siente asco, pero también conmoción y pena. Ven a un bebé muy enfermo o muy lastimado, ya no a un bebé muerto.

Si me viera mi papá, pensaba, él que siempre se quejó de que iba a morirse sin nietos (y se murió sin nietos, yo lo decepcioné en esa y muchas otras cosas). Le compré juguetes para que se entretuviera, muñecas y dados de plástico y chupetes para que mordiera, pero nada parecía gustarle demasiado, y seguía con el dichoso dedo apuntando para el Sur –de eso me di cuenta, era siempre para el Sur– mañana, tarde y noche. Yo le hablaba y le preguntaba, pero ella no se podía comunicar bien.

Hasta que una mañana se apareció con una foto de mi casa de la infancia, la casa donde yo había encontrado sus huesitos en el patio del fondo. La sacó de la caja donde guardo las fotografías: un asco, dejó todas las otras manchadas de su piel podrida que se desprendía, húmedas y pringosas. Ahora señalaba la casa con el dedo, bien insistente. Querés ir ahí, le pregunté, y me dijo que sí. Le expliqué que la casa ya no era nuestra, que la habíamos vendido, y me dijo que sí otra vez.

La cargué en la mochila con su máscara puesta y nos tomamos el 15 hasta Avellaneda. Ella no mira por la ventana en los viajes, tampoco mira a la gente ni se entretiene con nada, le da a lo exterior la misma importancia que a los juguetes. La llevé sentada a upa para que estuviera cómoda, aunque no sé si es posible que esté incómoda o si eso significa algo para ella; ni siquiera sé qué siente. Solamente sé que no es mala, y que le tuve miedo al principio, pero hace rato que no.

Llegamos a la que fue mi casa a eso de las cuatro de la tarde. Como siempre en verano, había un olor pesado a Riachuelo y nafta sobre la avenida Mitre, mezclado con tufos de basura; en las esquinas, helados caídos de cucuruchos que dejaban el suelo pegoteado. Hay muchas heladerías sobre la avenida y mucha gente torpe. Cruzamos la plaza caminando, después pasamos por el Sanatorio Itoiz, donde se murió mi abuela, y finalmente rodeamos la cancha de Racing. Atrás estaba mi casa vieja, a dos cuadras de distancia del estadio. Pero ahora que estaba en la puerta, ¿qué hacer? ¿Pedirles a los dueños nuevos que me dejaran pasar? ¿Con qué pretexto? Ni lo había pensado. Claramente me estaba afectando la mente andar para todos lados con una niña muerta.

Angelita fue la que se encargó de la situación. No hacía falta entrar. Era posible asomarse al fondo por la medianera, eso era lo único que ella quería, ver el fondo. Espiamos las dos, ella en mis brazos –la medianera era más bien baja, debía estar mal hecha–. Ahí, donde solía estar el cuadrado de tierra, había una pileta de natación de plástico azul, empotrada en un hueco del suelo. Evidentemente habían levantado toda la tierra para hacer el hoyo, y con esa acción habían tirado los huesos de la angelita vaya a saber dónde, los habían revoleado, se habían perdido. Me dio lástima, pobrecita, y le dije que lo sentía mucho, que no podía solucionárselo; hasta le dije que lamentaba no haberlos desenterrado otra vez cuando la casa se vendió, para sepultarlos en algún lugar pacífico, o cerca de la familia si a ella le gustaba así. ¡Pero si tranquilamente podría haberlos puesto adentro de una caja o un florero, y llevarlos a casa! Estuve mal con ella y le pedí disculpas. Angelita dijo que sí. Entendí que las aceptaba. Le pregunté si ahora estaba tranquila y se iba a ir, si me iba a dejar sola. Me dijo que no. Bueno, contesté, y como la respuesta no me cayó muy bien, salí caminando rápido hasta la parada del 15 y la obligué a corretear atrás mío con sus pies descalzos que, de tan podridos, estaban dejando asomar los huesitos blancos.